1º "LA COFRADÍA"

 

Los Ángeles, California.
17 de Febrero de 1999
21:15 horas
 
            -No puedo creer que hayas sido capaz de hacer algo así, amor, debes irte de este país.- decía el agente de la CIA, Ulrich Folch a su amada esposa Elisa D’Aviano.
            -Si tan solo vinieras conmigo, Ulrich, podrías entender porqué tuve que hacerlo.- respondió ella entre lágrimas.
            Ambos se encontraban conversando en un oscuro rincón de un aserradero de Los Ángeles. FBI y CIA perseguían a Elisa por haber traicionado a la nación entregando información a los servicios de inteligencia rusos.
            Ella era de origen luxemburgués, había conocido a Ulrich en una misión en Hungría, donde contrajeron matrimonio en 1982, cuando ella estaba a cargo de una misión secreta para el gobierno británico. Su padre la había educado en las mejores universidades europeas y cuando fue nombrado director de unidad en la agencia central de inteligencia norteamericana, la llevó a trabajar con él. 
            Sin embargo, tras años de servicio a la CIA, entregó información privilegiada de acciones militares en Afganistán, a los despojos de la extinguida KGB rusa. Las razones, incomprensibles aún por su esposo, su padre, y su patria.
            -Ulrich, porfavor, Emily no puede enterarse de los motivos de mi exilio, pronto nos comunicaremos.- le pidió la mujer llorando a su esposo, mientras un barco cerca de ellos lanzaba su último pitazo. Luego de esto, se despidieron con un apasionado beso y ella subió al transporte marítimo que la llevaría con destino a Alaska, donde se ocultaría para evitar la justicia militar norteamericana.
            El agente Folch se mantuvo en el lugar hasta que vio alejarse el barco, y desaparecer en el horizonte escaso, ya que eran cerca de las diez de la noche, y la visibilidad del océano pacífico era casi nula. Folch era fuerte, no lloró en ningún instante, pero se notaba su rostro triste por la partida de su mujer. Tenía 39 años, y debía cuidar solo a partir de ahora a su hija Emily, que entraba en la adolescencia e ingresaba a estudiar estrategias militares en Fort Leslie McNair de Nueva York.           
            Pocos minutos más tarde, se voltea para subir a su vehículo y regresar a su apartamento, sin embargo, un operativo del FBI lo intercepta justo antes de subir al automóvil.
            -agente federal, deténgase.- dijo la voz suave de una agente del FBI que venía a detener a Folch.
            Ulrich levantó las manos y permitió que lo detuvieran, pidió que le revisaran el bolsillo interior derecho de su chaqueta y se dieron cuenta que era agente de la CIA, sin embargo, esto no impidió que los federales siguieran con su labor, ya que tenían una orden de detención contra Ulrich por complicidad en traición a la patria.
            Ulrich quedó muy asustado, pensó que con saber que era agente de la CIA lo dejarían, nunca pensó en una demanda como esa contra él. Fue llevado a un cuartel del ejército, en las afueras de Los Ángeles, donde fue puesto en una celda para ser tramitado su juicio militar.
 
            Ulrich Folch, había ingresado muy joven a la aviación, había participado como teniente en la guerra del Golfo, en 1991. Estudió estrategias y políticas militares en Fort Leslie McNair, misma institución donde envió a su hija, e ingresó a la CIA en 1997. Al año siguiente fue encargado de una unidad de inteligencia en la misión de Kosovo. A pesar de haber ingresado al servicio de inteligencia civil, su pasado militar y el delito por el cual se le juzga, ameritan un tribunal castrense.
            A estas horas de la mañana, su mujer ya había salido de espacio marítimo norteamericano, y había descargado sus pertenencias en Campbell Island, antes de llegar a Alaska, para así despistar cualquier persecusión que haya realizado la agencia.
           
            El director de la unidad antiterrorista de la agencia, Henry D’aviano, padre de Elisa, solicitó que no se molestara a Emily con la noticia de sus padres, ella debía estudiar y entrenarse sin contratiempos. Henry, era un anciano de 59 años, cientista político egresado de Harvard, ingresó luego a la marina donde realizó una importante carrera militar participando en Vietnam llegando a ser almirante naval. Ingresó a la CIA en 1985, durante el Golfo dirigió un comando de inteligencia contra las instalaciones de seguridad iraquíes. En 1993 había postulado a Director Adjunto de la Agencia, sin embargo la política intervino y su postura republicana le impidió ser elegido en el cargo por el gobierno demócrata de Bill Clinton. Sin embargo, ese mismo año, fue designado Director de la Unidad Anti-Terrorista de la CIA, la cual debía encargarse como primera misión, averiguar las responsabilidades de la explosión del coche bomba en el World Trade Center de Nueva York. Es un político de un cien por ciento. De origen alemán, nació en plena segunda guerra mundial (1940) y luego vivió su infancia con una familia norteamericana adinerada en Alemania Federal. En 1957 pasó a Estados Unidos, donde inició su carrera.
            Su carácter fuerte le impidió apenarse por la traición de su hija. Al contrario, él mismo solicitó al FBI la detención de su yerno Ulrich y la condena de expatriación de su propia hija Elisa. No tolera la traición, a su patria ni a él. Por ahora, Henry decidió que se preocupará de su nieta, de formarla por el camino de la rectitud, sin mencionar lo ocurrido con sus padres.
      
Ottawa, Canadá
18 de Febrero de 1999
17:41 horas
 
            Ante la vista perpleja y asustada de miles de turistas y pobladores canadienses, un vehículo negro, de vidrios polarizados, estalló por los aires, con un gran estruendo. Los bomberos y servicios de urgencia llegaron rapidamente a rescatar a los tripulantes. Sólo había una mujer, cabello negro castaño, piel blanca, de un metro sesenta y ocho y un peso cercano a los sesenta y seis kilos. Su rostro desconfigurado, la policía montada canadiense solicitó de inmediato la intervención del FBI para la investigación de las responsabilidades.
            No se encontró ningún tipo de identificación, por lo que el FBI comenzó las pericias para obtener las huellas digitales.
            En pocas horas un comunicado de prensa de los federales anunciaba que la mujer fallecida en aquel atentado en Ottawa era de nacionalidad norteamericana, y había trabajado para los servicios de seguridad estadounidense.
            Inmediatamente, Emily Folch, una jovencita de 15 años, cabello oscuro, rostro delgado, labios anchos, de estatura mediana y peso normal, recibe una llamada telefónica en su habitación de Fort Leslie McNair. Por el otro lado de la línea le habla su abuelo, Henry, quien le comenta del sensible fallecimiento de su madre en una misión oficial de la agencia. En ese preciso instante, Emily comienza a llorar, y se desmaya. Su abuelo envía un helicóptero por ella para trasladarla a Langley, Virginia, donde están velando a Elisa D’aviano.
           
Cuartel General de la CIA
Langley, Virginia
18 de Febrero de 1999
22:19 horas
           
            Al llegar al cuartel general de la CIA en Langley, Emily consulta a su abuelo por el paradero de Ulrich. Henry trata de evadir la pregunta, para evitar comunicarle a Emily lo verdaderamente ocurrido y le explica que su padre se encuentra incomunicado en una misión en Copenhague en busca de un arma química de Hamas, no puede ser interrumpido o sería descubierto.
            Emily quedó conforme con la explicación, conocía de lo complicado que era el trabajo de la CIA, de hecho, sufría lo difícil que es perder a su propia madre por asuntos de la agencia.
            La joven no pudo reconocer a su madre, su cuerpo estaba quemado en un setenta y cinco por ciento. Luego fue llevada a su ataúd para el posterior entierro de estado que le darían a Elisa, por su abnegado trabajo al servicio del país.
            Estuvo algunas horas a solas en la oficina de su madre, en el cuartel general de la agencia. Allí lloró desconsoladamente por su terrible pérdida. Muchos quisieron entrar a consolarla, pero ella había dejado bien cerrada la puerta para evitar compañías. El agente Jenkinson, uno de los compañeros de su madre la esperaba en la puerta para conversar con ella al momento de salir.
 
            -no creo que tu madre haya muerto.- le dice el agente Jenkinson a Emily con un rostro preocupado, como evitando que lo escuchase alguien más.
            -¿cómo dice tío Marcus?- inquirió Emily un poco aletargada por la situación y no muy comprensiva de lo que ocurría.
            -tu madre no pudo haber muerto de esa forma, debe ser una trampa, un embuste de la agencia. Aquí hay muchos que no querían a tu madre por algunas misiones dudosas, pero de ahí a morir así en Canadá, o fue homicidio desde dentro, o simplemente no es ella- advirtió el agente Jenkinson, un señor de color, pelo afro, de unos 42 años, que era compañero de Elisa en algunas misiones en Europa.
            Luego de esa breve conversación, Marcus Jenkinson siguió rumbo a su despacho, intentando evitar que le hubiesen oído. Emily quedó consternada con lo que le decía. Ella no podía creer que la agencia, dirigida por su propio abuelo, haya ordenado matar a su madre. Y si no fuera ella, ¿cómo el FBI pudo corroborar su identidad? se preguntaba la joven. Prefirió sacarse esas ideas de su cabeza, esperaría a que su padre regresara para comentarle lo que Jenkinson le había dicho, quizás su padre podría ayudarle a averiguar algo más, pero tendría que esperar que todo saliera bien en Copenhague.
 
Base Edwards de la Fuerza Aérea
Rogers Lake, California
18 de Febrero de 1999
23:47 horas
 
            -¿Dinos, donde está tu mujer?- recibía como una de tantas preguntas del interrogatorio que los militares llevaban a cabo contra Ulrich Folch en la base de la fuerza aérea cercana a Los Ángeles. Con golpes y cargas eléctricas, intentaban extraer información de Ulrich con respecto al paradero de su esposa.
            Se mantenía incólume, ni una sola palabra salía de su boca, ni siquiera quejidos de dolor emitía. Era un hombre bien entrenado, no permitiría que encontraran a su esposa. En esos momentos aparece un militar de alto rango, por sus medallas, pero Ulrich no logró reconocer su escalafón. Le dijo algo al oído al que realizaba el interrogatorio, luego éste se dirigió a Ulrich y le dijo: “tu esposa ha fallecido, le harán un funeral de estado mañana para evitar mencionar que había una traidora al interior de  la agencia”.
            Folch no entendía lo que ocurría. Lo dejaron tirado en la celda, le dijeron que su esposa había muerto. No dijeron donde, ni cómo. Estaba realmente preocupado por ella. No puede creerlo, él está seguro de que no es así. Elisa debe estar viva. Sin embargo, a pesar de su convicción sobre la supervivencia de su esposa, soltó algunas lágrimas ante la posibilidad remota de que en realidad estuviera muerta.
            Anhelaba en su corazón salir de allí y poder ver el cadáver de su esposa, o por lo menos estar en el funeral si fuese verdad su desceso, sin embargo, los militares que lo detuvieron no tenían pensado soltarlo aún. Al parecer la base había sido desalojada y él se encontraba solo en las celdas.
            Comenzó a buscar en la suela de sus zapatos algún artilugio para poder abrir la celda, encontró un clip metálico de papelería. Le dio una vuelta a una de las puntas y luego lo introdujo en la cerradura; prosiguió meneando la frustrada llave, sin mayores resultados.
            En eso, oye unos tacones de mujer acercarse. Se para frente a su celda una dama rubia, de tes blanca, estatura normal, con ojos azules, buenas caderas y un rostro fino. De unos 29 años, vestía un traje de cuero negro ajustado, guantes y botas. Llevaba un revólver Lugger nueve milímetros, típico de los agentes del servicio secreto británico.
            -Mi nombre es Melanie MacKenzie Ford, agente 009, servicio secreto británico, si lo libero, ¿podría ayudarme en una misión especial señor Folch?- solicitó la mujer al desesperado Ulrich, quien titubeó un momento y luego aceptó. Necesitaba con urgencia salir de esa celda.
            Melanie sacó una herramienta más grande que el clip metálico y en un abrir y cerrar de ojos, la puerta de la celda ya estaba abierta. Sacó a Ulrich por el brazo y antes que los soldados de guardia de la base aérea se dieran cuenta, ambos salieron del lugar. Ella tenía una salida de escape en un vehículo pequeño que estacionó tras la alambrada de la base.
            Corrieron por medio del patio de la base, ninguna luz los iluminaba, no se habían dado cuenta aún de su huída. Eran muy pocos los que quedaban en el lugar, ya que era fin de semana. Sin embargo, a penas salen de la alambrada y abordan el automóvil de Melanie, la base aérea Edwards es atacada por un misíl que la hace estallar. Los fugitivos aceleran su escape, pues en pocos momentos llegarán servicios de seguridad públicos y no quieren verse en el lugar cuando eso ocurra.
            -Fue una gran coartada de escape señorita- dijo el agente Folch, sin embargo, ella lo observó perpleja y le explicó que la explosión no fue preparada por ella. En ese instante Ulrich cae en la cuenta que alguien quería eliminarlo.
            -Necesito visitar a mi hija, ella cree que su madre falleció y eso no es posible- le dice Ulrich a su conductora; sin embargo, ella le niega esa posibilidad: “usted debe ayudarme en una misión, le salvé la vida, no podemos perder el tiempo en niñerías, su hija está bien cuidada por su abuelo, usted no puede aparecer, recuerde que para el resto de Estados Unidos, usted acaba de fallecer en una explosión”- le advirtió la espía británica. Llegan luego a un motel de paso camino a Arizona y se hospedan para descansar.

Cementerio Central
Washington Distrito de Columbia
19 de Febrero de 1999
10:00 horas
 
            Temprano en la mañana del día siguiente, en el Parque Cementerio Central de la capital norteamericana, es enterrada Elisa D’aviano Hellman, de 37 años, agente activa de la agencia central de inteligencia, que murió en la línea del deber en la ciudad de Ottawa, capital canadiense. Su hija, Emily dio un escueto, pero emotivo discurso ante la tumba de su madre. Lloró desconsoladamente en el hombre de su abuelo Henry, padre de la difunta y director de la unidad de la CIA a la que perteneció la agente caída. Muchos políticos, el senador de Washington y el de Nueva York, el gobernador de Virginia, directivos del FBI y la CIA, además del servicio secreto, estaban presentes para dar el último adiós a una abnegada mujer de servicio patrio, como dijo en sus palabras de recuerdo, Henry D’aviano.
            Desde un sector lejano, tras unos árboles, se encontraba Ulrich y Melanie, observando desde lejos el funeral de Elisa. No podía aparecer de pronto, ya que se encontraban en el lugar más de 50 agentes activos, entre federales, militares y de inteligencia, que lo detendrían por traidor a la patria y fugitivo de la justicia militar. Además, quizás ya se haya dado a conocer al mundo la noticia de su fallecimiento en la explosión de la base aérea Edwards.
            Ulrich se da vuelta a observar a su compañera británica y le pregunta: “¿de qué se trata la misión, qué es lo que debo hacer?”. A lo que recibe como respuesta: “debes ayudarme a robar una pintura”, dijo Melanie MacKenzie. Ulrich quedó perplejo, nunca pensó que le pedirían algo así. “Eso es todo, no crees que es demasiado fácil para nosotros, somos agentes de inteligencia”, argumentó Ulrich aceptando la burda misión. Sin embargo, Melanie, un poco enojada le dice: “no es muy burda nuestra misión, si fuese así, la hubiese robado sola. Debemos realizar un acto maravilloso de magia, pues es imposible acceder por cualquier medio silencioso al lugar donde se encuentra lo que necesito”. Ambos quedaron mirándose a los ojos. Ulrich no creía que algo fuera imposible, pero no quiso insistir. Volvió a observar a su hija en los brazos de Henry D’aviano, cuánto deseaba Ulrich estar consolando a su pequeña Emily. De pronto ve que comienzan a inquietarse algunos agentes del servicio secreto, se acercan, conversan entre sí, finalmente se acercan al director Henry. Ulrich asustado, cree que averiguaron que escapó y que se encuentra en alguna parte del cementerio. Luego observa como su suegro Henry se acerca a Emily y le dice algo al oído, que hace que su hija caiga al suelo desmayada. Ulrich intentó pararse para ir a socorrer a su hija, pero Melanie lo detuvo: “no seas tonto, quieres que nos atrapen”. Lo toma del brazo y lo saca del lugar, pronto se dirigen al aeropuerto internacional de Washington DC.
 
            Emily se recupera pronto de la impresión ante la noticia que le han entregado. Henry D’aviano no tenía idea lo que había ocurrido en la base aérea Edwards esta madrugada y, recien enterado, decide contarle de inmediato a su nieta: “Emily, porfavor, no lo vayas a tomar mal, debes ser fuerte en estos momentos”, inició el golpe bajo que daría a su nieta. “Porfavor abuelo, que pasó, habla rápido”, inquirió la joven desesperada, entre lágrimas por las emociones surgidas durante el funeral de su madre. “Emily, tu padre había llegado anoche a Estados Unidos, se encontraba en la base Edwards de la fuerza aérea, en Los Ángeles, sin embargo, la base fue atacada hace siete horas y ninguna de las personas que en ella se encontraba lograron sobrevivir, haremos todo lo que…”, no terminó la frase y Emily se encontraba desmayada, su conciencia no podía con la muerte de su madre y ahora su padre.
 
            Al despertar, la llevaron a su departamento en Washington, su instructor de Fort Leslie McNair la acompañó en todo momento, el agente militar Roger Bristol. Muchas cosas había pasado en estos días y Emily necesitaba descansar. Se dispuso a dormir, para al otro día partir a Nueva York, donde faltaban algunas semanas para salir de vacaciones de su instrucción en estrategias militares y políticas, mismos estudios que su padre realizara.
 
Amsterdam, Países Bajos
20 de Febrero de 1999
19:12 horas
 
            Melanie y Ulrich habían llegado después de almuerzo a la capital holandesa. Estaban a punto de llevar a cabo una extraña misión que se le encargase talvez por el MI6 a la agente 009, sin embargo, ella consideraba que sola era imposible lograrlo, por esta razón, solicitó auxilio al agente Ulrich Folch, un fugitivo de la CIA, uno de los mejores agentes de campo durante la primera mitad de la década de los noventa.
                        -En aquella mansión, la casa de Lord Wilhelm van der Reisk, uno de los millonarios más grandes de todos los Países Bajos, se encuentra una bóveda secreta, la cual tiene una clave que cambia cada doce horas como mecanismo de seguridad y transmite los números nuevos a su celular personal en cada cambio, de esa forma no hay más personas que la conozcan- explica Melanie a su nuevo compañero nortamericano.
            -Bueno, lo secuestramos, le quitamos su teléfono celular, esperamos a que llegue la nueva contraseña, entramos y sacamos la pintura- dijo Ulrich entusiasmado con lo fácil que consideraba esta operación.
            -No es tan fácil, la casa no abre sus puertas nunca. Lord van der Reisk sufre de agorofobia, un miedo al exterior. Nunca sale de su hogar, el cual se encuentra totalmente fortificado con cámaras de seguridad, láser en las puertas y ventanas, visores de presión en los techos, todos ellos conectados a los servicios de seguridad pública de Holanda… sólo existe una mínima opción, la ventana que da a la calle, la cual Lord van der Reisk abre durante la noche para tomar aire, justo antes de dormir- termina de exponer las complicaciones que posee la idea de Ulrich.
            -No era tan fácil verdad, bueno, haremos magia, lo sacaremos del lugar- sentenció Ulrich, quien comenzó a caminar hacia la casa del sujeto en cuestión, y pensaba como obtener la clave de la bóveda magnética de la casa de van der Reisk.
            En un instante, Ulrich voltea hacia Melanie, y la increpa nuevamente: “¿porqué el MI6 te envía a robar una pintura de un hombre holandés?, no se supone que ustedes son un mecanismo de seguridad británico, no son delincuentes”. Esta pregunta tomó de sorpresa a Melanie MacKenzie, no sabía que explicarle a Folch. Después de algunos minutos, la mujer respondió: “Lord van der Reisk odia a los británicos, podríamos haberle convencido de prestarnos la pintura para la misión, pero no lo haría y esa pintura de Degas es de vital importancia para la misión, no puedo decir más, es confidencial”, con esas palabras intentó tranquilizar la mente inquisidora de Folch.
            -Lo que haremos es lo siguiente, Marshall Weiss, agente de comunicaciones de la CIA rastreará por satélite el celular de van der Reisk y me dará la contraseña, a las 00:00 horas, para esos momentos y por las doce horas siguientes, debemos estar dentro y el enfermo fuera- dijo Folch, dando a conocer a su compañera los planes que tenía.
            -¿Ese Weiss, es confiable… No te delatará al director de la CIA?- dijo la mujer, un poco desconfiada del nombre que le había dado Folch.
            -No te preocupes, Marshall es un agente que se encuentra en Alemania, no sabe que he muerto, no sabe que estoy siendo buscado por la agencia para juzgarme, cree que estoy en servicio activo y ya está trabajando en el rastreo que le pedí- respondió a la inquietada mujer británica.
            -¿Cómo lo sacaremos del lugar?- preguntó ella, a lo que recibe como respuesta: “servicios de urgencias, nos haremos pasar por paramédicos, un incendio en su casa lo ahogará, y quedará inconciente, una vez hecho eso, al interior me quedo y robo la pintura, tú sales con el enfermo, te preocupas que fuera del lugar los servicios de seguridad no entren.
            -Me parece un buen plan- dijo Melanie, hagámoslo.
            Comenzó así la misión. Son las 23:00 horas, van der Reisk abre la ventana que da a la calle de un solo sentido. Ulrich esperó casi cuarenta minutos para lanzar la vengala que iniciará el fuego al interior de la propiedad. Pronto comienzan a sonar las alarmas de incendios. Un vehículo de salubridad pública llega al lugar, la policía y bomberos vienen en camino. Lord van der Reisk sale y abre la puerta de calle y se desmaya en el lugar, antes de ello, había apagado su celular y lo dejó en una caja de seguridad con contraseñas. Melanie bajó del vehículo de urgencias, junto a Ulrich levantaron al viejo y lo subieron en una camilla y lo llevaron al interior de la ambulancia que conducía un agente amigo de Folch. Ulrich volvía al interior de la casa, dijo que revisaría si había más personas dentro, mientras los bomberos comenzaban a lanzar agua desde la calle. Se dirige hacia la caja de seguridad y llama a Marshall, pero éste le dice que no pudo conseguir la contraseña, justo antes de las 00:00 horas, van der Reisk apagó su celular y lo ocultó, con el teléfono apagado no recibe la clave, por lo que no pudo rastrear nada. Folch no tiene mucho tiempo, quedó perplejo por algunos segundos por la noticia del técnico, sin embargo, no podía perder su preciado tiempo esperando, tomó un detonador, preparó rápidamente una bomba pequeña y la hizo estallar en la cerradura de la caja, la puerta se abrió, sacó el “Mujer con crisantemos”, de Edgar Degas. La pintura se encontraba en un cuadro, rompió el marco, para sacar solo lo que requería y sacarlo sin levantar sospechas. Cuando sacó la parte que sostenía el lienzo encontró que entre pintura y cuadro estaba oculto un documento, lo tomó y luego, un golpe de un arma sobre su nuca le dejó caer al suelo.
            Melanie tomó el papel que necesitaba y tomó a Folch para dejarlo cerca de la caja de seguridad, sin embargo cuando intentaba salir, una de las vigas de la casa cayó sobre la puerta incendiada. Había fuego por todos lados, la labor de bomberos no tenía frutos. No podía dejar a Ulrich allí, de pronto, bomberos ingresan al lugar y sacan al inconciente Ulrich y a la mujer inglesa, la que se encontraba semi-inconciente por el humo del incendio. Ambos fueron llevados a una ambulancia y atendidos por servicios de urgencia. Los bomberos ingresaron al lugar apagando el fuego al interior. El jefe de seguridad de la casa de van der Reisk avisa a la policía holandesa de lo que había ocurrido con la caja de seguridad donde se encontraban las más importantes pertenencias de su dueño. En ese instante, quitandole la ropa quemada a Ulrich, observan en su interior el cuadro de Edgar Degas y llaman inmediatamente a la policía para que detenga a los dos sospechosos del robo contra Lord Wilhem van der Reisk.
 
Prisión de Amstelveen
Cerca de Amsterdam, Países Bajos
21 de Febrero de 1999
11:34 horas
 
            Ulrich Folch y Melanie MacKenzie, se encontraban detenidos por la policía holandesa, por el robo e incendio de la propiedad de Lord Wilhelm van der Reisk, en la prisión de Amstelveen, un poblado cercano a la capital. De pronto un detective se acerca a la celda y comienza a hablarles.
 
            -“Wat is het wat veronderstelt quefait een agent van CIA, mete en van MI6, door een verf in Nederland te vliegen? (¿Qué se supone que hace un agente de la CIA y uno del MI6, robando una pintura en Holanda?)”- increpó en su lengua madre, el detective nacido en la ciudad de Utrecht (Países Bajos).
            -“hij moet ons laat gaan, onze regeringen zullen reeds weten dat wij werden ontvoerd (deben dejarnos ir, nuestros gobiernos ya sabrán que hemos sido secuestrados por ustedes)”- se apuró en responder en el mismo idioma, la agente 009 del servicio MI6.
            -“u zult geen enkele kant gaan, het huis van een Nederlandse rijkere darvan gevlogen, en de rechtvaardigheid zal zich met zijn overtreding, bovendien, de kanselarij van stand ontvangt nog een communiqué van geen enkele van zijn diensten van intelligentie laden (ustedes no irán a ningún lado, robaron la casa de uno de los más acaudalados holandeses y la justicia se encargará de su delito, además, la Cancillería de Estado aún no recibe un comunicado de ninguno de sus servicios de inteligencia)”- terminó de decir el detectivo holandés y se retiró sin más.
           
            -¿Qué era en realidad eso que querías?- increpó rápidamente el agente Folch. Sin embargo no recibió inmediata respuesta de parte de Melanie. “Si quieres salir de aquí debes decirme que era ese documento que estaba oculto en el cuadro de Degas, porque sin duda no era la pintura lo que el MI6 requería”, insistió Ulrich, pero fue en vano, Melanie estaba resignada a no compartir palabra alguna de su misión con el agente norteamericano.
            -espera un momento, dijo Ulrich tras analizar la situación unos minutos- mi gobierno no se ha comunicado con Holanda porque me suponen muerto, pero, ¿porqué el gobierno británico no te ha sacado de aquí?, tu misión es demasiado confidencial que ni siquiera M lo sabe, o ya no estas en servicio activo y tu misión era personal”, inquirió con sagacidad el agente Folch.
            -está bien, está bien, ya no soy agente del servicio británico, he solicitado mi propia baja hace un par de meses. Necesito ese documento con urgencia, son los planos de un arma química que pondrá al mundo de cabeza, estás contento con la respuesta- dijo Melanie un poco alterada. Sin embargo dejó perplejo por su sinceridad al agente Folch.
            -¿qué cosa puede pasar para que un agente del MI6, que jura proteger a su majestad, a su nación y a la humanidad, esté en busca de armas químicas?, dijo Ulrich preocupado por lo que intentaba hacer Melanie.
            -lo que haya ocurrido no te importa, si quieres te unes, haré que Rusia ataque al Reino Unido y se destruyan. Mis abuelos fueron soviéticos traicionados por Stalin y luego traicionados por Churchill, mi ascendencia es cosaca, no dejaré mi venganza familiar a medio terminar. Ahora piensa, puedes ser un muerto errante sin hacer nada más que contemplar a tu hija a distancia, hasta que los organismos de seguridad norteamericanos te atrapen y te maten de verdad, o sencillamente unirte a mi cruzada por la justicia real contra los que se creen justos, contra el poder de las potencias, tú elige – argumentó Melanie, intentando convencer a Ulrich de unirse a su plan malévolo de destrucción mundial.
            -no puedo hacerlo, debo buscar a mi esposa y a mi hija, esas son mis preocupaciones, lo que haya hecho Stallin o Churchill no me preocupa como a ti, pero una sola cosa te diré, si sales de aquí preocupate, porque haré todo lo posible por encontrarte y detenerte, enviaré la información a todas las agencias de seguridad del mundo, aunque esté muerto, puedo ayudar- terminó de decir Folch, cuando de pronto aparece denuevo el detective que había hablado antes con ellos.
            -“¡in top!, kan men gaan (¡arriba!, pueden irse)”, dijo el detective, pero antes de retirarse, voltea y les dice: “zij hebben grote vrienden in de regering (tienen grandes amigos en el gobierno). Luego, un guardia les abre la reja de la celda y pueden salir ambos de la jefatura de policía de Amstelveen.
 
            Una vez en la calle, Melanie se voleta hacia Ulrich y le dice: “la Facción 13 estaría dispuesta a aceptar a un agente como tú, considerando que ya no eres agente, podrías pensarlo”, en ese momento, un poco alterado por las constantes insinuaciones de Melanie para ingresar a la Facción 13, una organización terrorista internacional originada en territorio ucraniano, Ulrich intenta detenerla, para quitarle el documento que terminó robando de la casa de van der Reisk, pero un dardo tranquilizante le dio justo en el cuello y cayó al suelo anestesiado. Melanie subió a una camioneta negra de vidrios polarizados de patente holandesa, que la sacó raudamente del lugar. Folch despertó tres horas más tarde en la enfermería de la prisión de Amstelveen, de donde salía recientemente. La policía le consultaba que le había ocurrido, pero él no respondió, una vez que se sintió bien se retiró del lugar camino a Amsterdam, para abordar un avión que lo dejara de regreso en Estados Unidos.