3º sobrevivir para contarla



 

“La Supervivencia”
 
Era una tarde oscura, en las sierras colombianas. En medio de matorrales de jungla desperté empapado y sucio. Había visitado Colombia hace algunos meses atrás en busca de la legendaria ciudad de Macondo, yo era un escritor chileno Había creado una historia continuativa de la obra de Gabriel García Márquez cuyo titulo era “cien años de soledad”, sin embargo, a causa de haberla escrito he pasado por los peores designios de soledad y amargura que ampara a la familia condenada, pero no me refiero a la familia Buendía, sino a la mía, la familia del asesinado Prudencio Aguilar, quien intentó quedarse con algo de los Buendía hace muchos años atrás y por eso tanto mi familia como la familia asesina quedaron malditas y condenadas a vivir en soledad. Es una historia bastante larga, que no viene al caso contar, pues me encuentro en una situación bastante complicada en medio de la selva colombiana.
 
Sin embargo, para que me conozcan, mi nombre es Ricardo Aguilar, escritor y dueño de diversas empresas educacionales en Chile, bajo la firma de Riesco Inversiones, de la cual soy el principal accionista. Sin embargo mi vida no era color de rosas, ya que por escribir la novela “cien años más de soledad” quedé maldito a vivir en el más oscuro abandono, todo a causa de Macondo y los cien años de soledad. Tras haber logrado revertir mi destino, viajé a Colombia a conocer Aracataca, la ciudad en que ambienté mi historia, y me di cuenta allí que era cierto que todo lo que escribía se hacía realidad en ese pueblo, las personas que creé y las situación que inventé, todo se cumplió al pié de la letra, sin embargo, volví a caer en una nueva maldición, la que sobrecayó hace dos siglos atrás sobre la familia de Prudencio Aguilar, mi tatarabuelo, quien intentó quedarse con algo de los Buendía y fue asesinado por José Arcadio Buendía, desde entonces ningún Aguilar podía quedarse con algo de aquella familia condenada a cien años de soledad. Caí preso por sospecha de homicidio a la última de la familia condenada, y algunos días más tarde, estando bajo arraigo nacional, un ciclón arrasó con la ciudad del norte colombiano.
 
Fuertes vientos arrasaban techos, los vidrios tiritaban, el granizo rompía los cristales de los vehículos. Un tornado proveniente del caribe se acercó a la orilla del pueblo y de un sopetón lo borró del mapa. Muchos corrieron al sur, pero sin duda fueron alcanzados por el huracán, yo en cambio, escapé rumbo a la sierra del este, y creo que fue peor, pues ahora me encuentro empapado en medio de una soledad misteriosa de la selva de macondo y malanga que rodeaba al pueblo cataquero. 
 
 
 
Me puse de pié y caminé colina arriba para poder observar donde estaba, el suelo estaba mojado y resbaladizo, era complicado subir, pero a duras penas, y tras varias caídas logré llegar a la cima, desde donde aprecié las ruinas del pueblo de Aracataca, me imaginé de inmediato como había quedado Macondo tras el ciclón que lo arrasó a finales del siglo XIX, y me sentí realmente solo, solo como se sintió José Arcadio atado al castaño de su hogar, solo como se sintió José Arturo apostado frente a la tumba de su esposa. No se veían más que ruinas. De pronto, un mal paso me hizo caer por entre medio de las matas lechosas que poseía aquel cerro, y tropecé con unas botas militares que en dos tiempos me pusieron de pie y me empujaron para acompañarlos. Eran a lo menos cinco o seis guerrilleros que me llevaban casi a golpes a su campamento.
 
Al llegar, encontré una aldea de características rústicas, parecía más bien una aldea aborigen, pero sus chozas estaban hechas de banderas comunistas, algunas lonas verde oscuro de corte militar, e incluso tenían un jeep. Se acercó a nosotros un hombre al que llamaron Efraín, y él les indicó algo al oído, luego de ello, me golpearon y me ataron a un mástil grueso ubicado en el gran patio aldeano. No entendía lo que pasaba, me despojaron de mi bolso y mis pertenencias y fueron entregadas a Efraín. Un hombre alto, calvo y de barba llegó con un látigo y comenzó a golpearme, por lo menos durante quince minutos, hasta que Efraín, que era una especie de jefe de tribu del lugar, ordenó detenerse y desatarme, y llevarme a su choza.
 
Una vez ante la presencia de Efraín, me pidió disculpas, pues pensaba que era un espía del ejército colombiano, pero como pudo apreciar en mis papeles, soy chileno, escritor, y solo estaba en Aracataca en viaje de placer. Ordenó llamar a su prima Carolina para que me lavara el cuerpo y me diera ropas nuevas, y me instalara en una choza vacía cercana a la de él. Yo no entendía lo que ocurría, pero no reclamé cuando la muchacha, de muy cuidado cuerpo, y pelo sedoso, comenzó a desvestirme con sus suaves manos.
 
No puedo negar que me dio un poco de pudor cuando llegó a los pantalones, pero no me resistí a que me los retirara y quedar totalmente desnudo ante una mujer tan hermosa. Comenzó con una esponja y un lavatorio con agua a lavarme cada parte del cuerpo. No aguanté la calentura, y la tomé de sorpresa y la besé. Ella me respondió aquel beso, y luego de eso lanzó lejos la esponja, y se subió sobre mí, comenzó a pasarme mis manos por todo su cuerpo, y se desnudó para hacer el amor conmigo. Fue un momento bastante grato, tomando en cuenta que hace mucho tiempo que no hacía mía a una mujer. Después de terminar aquel acto lujurioso y pasional, continuó lavándome en cuerpo y luego me entregó ropas limpias para vestirme. Eran unos pantalones militares y una camiseta de malla color negro. No necesitaba más en esa zona del país donde tanto calor hacía a esa altura del año, a pesar de las torrenciales lluvias que caían de vez en cuando.
Salí vestido como todo un Fidel Castro, bueno eso parecía, con la barba que tenía de hace meses, y esa ropa guerrillera. Efraín salió de su choza y me llamó con un gesto de su brazo, y fui hacia él. Me hizo entrar, y me pidió que escribiera lo que la guerrilla anhelaba, que hiciera una novela acerca de ellos, sin embargo, le expliqué que todos mis libros no son inspiraciones propias sino que son los sueños que tenía, yo no eran tan buen escritor como para ponerme la meta de hacer una novela dirigida hacia un tema en particular. Resignado a no poder contarle al mundo lo que vive la guerrilla a diario, y antes de pensar siquiera que terminaría contándolo como mi propia historia, Efraín me dijo que iba a ser complicado poder retornar a mi país, pues el ejército regular colombiano está atacando a varios focos de la guerrilla y no pueden dejar que me marchara ahora, era poco seguro, y tampoco podía ellos ir a dejarme al pueblo más cercano, el cual ya no era Aracataca, sino Santa Marta.
 
No me importó, vivir en esa aldea quizás me liberaba un poco de todo lo que había pasado antes, ya no me sentía solo, todos los guerrilleros del campamento me invitaban a comer, a beber, y a compartir con ellos, conversaban conmigo, y me pedían que les contara como era el mundo afuera de la selva, pues ellos no lo conocían.
 
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“La Amistad y el Amor”
 
 
            Ya llevaba conviviendo con la guerrilla un par de semanas, cuando conocí a un joven muy especial, que no se separaba de mi lado. Al principio talvez me era molesto tenerlo siempre conmigo, era bastante cargoso preguntándome cosas de grandes, como era el amor, y como eran las grandes ciudades. Él tenía dieciséis años y había nacido en aquella aldea y no conocía nada más que los grandes árboles selváticos, de sus animales salvajes, de armas y de drogas, que era de habitual consumo entre los miembros de la guerrilla, que juntaban dinero para su supervivencia vendiendo estos estupefacientes a los narcotraficantes del norte del país, que pagaban bastante bien por cada gramo de cocaína o macoño, como le llamaban a la vulgar marihuana.
 
            Sin embargo, a pesar de todo lo que podría decir de este joven, él me apreciaba mucho, me decía todos los días que yo era como su hermano, él no tenía familia, y necesitaba cariño y preocupación de parte de alguien que no fuera miembro de esa guerrilla.
 
            Se acercaba navidad, y Yayo, como le decían a este joven de nombre Jairo, pasaba varias horas al día encerrado en su choza. A veces lo iba a buscar para que me acompañara a encontrar un camino hacia el pueblo cataquero, y me decía que estaba ocupado y que volviera después. Pensé en algunos momentos que ya no quería verme, y yo me había encariñado bastante con él, era más que un hermano para mí, pasó a ser como un hijo, tenía que cuidarlo de no meterse en problemas, pues siempre llegaba tarde a su choza y tenía que ocultárselo a Efraín, que no autorizaba los pasos nocturnos de nadie que no fueran los centinelas.
 
            Llegó la noche de navidad, y se había creado un pesebre improvisado en aquel lugar donde estaba el madero en el cual me ataron mi primer día en el campamento. Todos llevaron presentes a los menores, yo no tenía nada que regalarle a nadie, y Yayo llegó a mi lado y me entregó un regalo envuelto en una hoja de malanga. Lo abrí y era un tablero de ajedrez con sus piezas talladas. Me dijo que lo había visto en un libro viejo, y que pensaba que yo podía enseñarle a usarlo. Se me llenaron los ojos de lágrimas de emoción por el gesto de aquel niño, yo me saqué mi anillo y se lo di, era lo único valioso que me quedaba. Yo le dije que por cierto le enseñaría a jugar, desde entonces, cada tarde nos juntábamos en un mesón de la aldea a jugar ajedrez. No costó nada enseñarle, pues el Yayo era bastante hábil para aprender cosas nuevas. Incluso, al tercer día de juego ya me había ganado un par de partidas.
 
            Ya en el mes de enero, Carolina se acercó nuevamente a mí. Hace varias semanas que ni siquiera la había visto, y me dice que ya no puede alejarse más de mí, aunque Efraín se lo había pedido, dijo que me amaba y que necesitaba que yo hablara con su primo para que permitiera amarnos tranquilamente. Yo no tuve ningún empacho en hablar con él, pues conmigo era distinto que con los demás, conmigo tenía más comprensión o más cercanía. Después de hablar media hora con él nos permitió estar juntos a Carolina y a mí, y volvimos a envolvernos en una relación pasional. En este campamento no podía pedir profilácticos o algún otro método anticonceptivo, así que debí asumir que podría quedar embarazada y nadie haría escándalo, pues era normal para ellos tener hijos los cuales serían desde pequeños entrenados en este mundo de guerrilla.
 
            Mi relación con Carolina me quitaba mucho tiempo, y el Yayo se sintió un poco abandonado, y comenzó a consumir drogas como lo hacían casi todos. Yo me enojaba mucho con él por eso, y en ocasiones peleábamos por lo mismo, pero jamás aguantaba no hablarle más de un día y le pedía disculpas por mi reacción, aunque él jamás se disculpara conmigo por lo que hacía. Al final terminé entendiéndolo, su vida no es de las mejores, pero si él supiera que algunos hemos tenido vidas peores, que aunque conocer el mundo, tener dinero no soluciona nada, la soledad es el estigma más oscuro de un ser humano, y yo había sufrido la condena ya dos veces, pero esta vez pensaba que la tercera es la vencida, y el destino me estaba dando una segunda oportunidad de ser feliz, de no estar solo, de estar con gente que me quiere de verdad.
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“El Entrenamiento”
 
Llevaba unas cuantas semanas viviendo con la guerrilla de Efraín, cuando me vino a la mente la idea de aprender a ser un guerrillero. Efraín me presentó entonces al joven que dirigía el grupo de entrenamiento, se llamaba César Ramos, aunque todos le llamaban el “comandante che” en honor al famoso Ernesto “Che” Guevara.
 
César me explicó durante varios días la teoría de la guerra; me prestó una copia del libro titulado “el arte de la guerra”, del chino Sun Tzu, un manual antiguo de lucha teórica, que contenía todo lo que un guerrillero debiese conocer para llevar a cabo operaciones militares exitosas.
 
Mientras todos entrenaban tiro, lucha cuerpo a cuerpo o pelea con palos, César solo me dejaba tomar aquel libro, leerlo y hacerme preguntas para ver si lo había entendido. Yo era bastante impaciente, quería tomar un arma, pero el comandante no me lo permitía, decía que la paciencia y un cerebro astuto son las principales condiciones para ganar una batalla, agregaba además que la mejor victoria era la de una batalla que jamás llegaba a concretarse. No entendía muy bien el papel que cumplía un entrenador paramilitar si más bien parecía filósofo de guerra, una especie de Bertrand Russel; pero en fin, no toqué un arma hasta un mes de teoría militar.
 
El primer día con una espada de madera, César me derribó en tres movimientos. Algunos guerrilleros incluso hicieron apuestas de cuanto demoraría en ganarme. Durante todo el día siguió así, no pude hacer nada más que sentir su espada golpeándome y botándome al suelo en cosa de minutos.
 
Tampoco entendía mucho la teoría militar, por lo que llegué a pensar que no estaba preparado para esto. Carolina me preguntaba cada noche el porqué quería aprender a pelear si era un novelista, no un guerrillero, pero ella no entendía que no podía quedarme sin hacer nada si atacaban al campamento donde estaban las personas más importantes para mí, ella y mi hermano Yayo.
 
Durante días César seguía venciéndome en la espada en pocos minutos, aunque ahora duraba poco más de tres movimientos. Aún así decidió darme un fusil y practicar tiro. Debía apuntar a un montón de botellas apiladas y botar una sola por lo menos, pero lo único que caía era mi cuerpo expulsado hacia atrás por la fuerza del tiro y una bala que quizás donde iba a parar. El comandante pensó que ni siquiera servía para la lucha práctica, y me dijo que mejor me dedicara a escribir.
 
Una noche el comandante pasó cerca de mi tienda y me observó jugando una partida de ajedrez con el Yayo, observó detenidamente cada uno de mis movimientos, y tras ganarle a mi hermano, quiso jugar conmigo. Me ganó tres veces, y dijo que yo jugaba bien, si seguía de esa forma quizás aprenda de verdad lo que es la guerra. Me comentó que cuando era entrenado en Bahía Cochinos, en el ejército de Fidel Castro, su capitán le ordenó primero aprender a jugar ajedrez, y solo quienes entendieran el símil del juego con la guerra podría ser un buen militar. Me dijo que cuando le ganara, volvería a entrenar con armas, luego se marchó, y seguí jugando con el Yayo para practicar, llegamos a realizar casi veinte partidas, las que gané todas, y luego mi hermano se fue a dormir, yo hice lo mismo.
 
Me acosté, pero no podía dormir. Carolina me abrazó, comenzó a besarme, y terminamos haciendo el amor. Ya amanecía y aún continuábamos amándonos apasionadamente. El sexo con ella era una experiencia sobrenatural, el tiempo ni se siente pasar, uno espera que no termine jamás, es algo para lo que no encuentro palabras para describirlo, pero su cuerpo, sus ojos, sus labios besándome, es algo perfecto, y cada día es más perfecto aún, es como estar en los brazos de un ángel.
 
No dormí casi nada, y el Yayo entró en mi tienda durante la mañana para pedirme que lo acompañara. Me vestí sin despertar a mi amada que estaba tranquilamente dormida. Salí de la choza sin hacer ruido, y luego le pregunté a mi hermano donde teníamos que ir. Me explicó que había encontrado algo que debía ver, me dio un revólver, aunque yo no supiera usarlo aún, pero dijo que era mejor no ir desarmado. Corrimos por la orilla del riachuelo, salimos de la selva junto a una colina. Había allí un vehículo antiguo abandonado, y destrozado por los años y el clima. Sin duda era el automóvil que llevó a Virginia y Gastón a la ciudad de Aracataca en busco de Macondo y la familia de su esposa Amaranta Úrsula Buendía, en los primeros años del siglo XX.
 
A lo lejos vimos el bosque de macondo y malanga que cubría la entrada sur de las ruinas de Aracataca, sin embargo nada era una novedad para mí, ya lo había visto así, y el Yayo tampoco le importó, no era eso lo que quería mostrarme, sino que en la entrada occidental del fantasmagórico pueblo cataquero había un automóvil nuevo, chocado contra un árbol, y en su interior un cadáver reciente, acribillado a balazos. Pero no es todo, revisamos su identidad y era un gringo llamado Benjamín Coll, de Tennessee, Estados Unidos, pero al parecer no iba solo, pues en las maletas abiertas había ropa femenina, y en el asiento de al lado una cartera de mujer, cuyo pasaporte en su interior decía que se trataba de Fernanda Rebeca Coll, sin duda su esposa.
 
 
 
Yo aún no entendía cual era la sorpresa, hasta que el Yayo me dijo que ella no se encontraba por ningún lado, quizás corrió hacia la selva y se perdió, o fue secuestrada, pero nuestra guerrilla no hace eso, y por esos lados no había más focos guerrilleros que el de Efraín, por lo tanto, de estar secuestrada, debe ser alguno de los nuestros, y había que decírselo a Efraín.
 
Le dije que no era prudente acusar a nadie sin pruebas, quizás estaba perdida o secuestrada por mafiosos del narcotráfico, sería mejor dejarlo en secreto y averiguar en silencio si dentro del campamento estaba el culpable. El Yayo aceptó y nos pusimos en campaña para investigarlo.
 
Al llegar al campamento, César me ve con el revólver que mi hermano me había dado y me lo quitó, me preguntó en qué pasos andaba con el Yayo, pero dije que ninguno, apresuradamente tras entregarle el arma. Me invitó a jugar ajedrez, y me sentía con ánimo ganador, así que acepté,. Tras varios movimientos le hice un jaque mate sorprendente, y me dijo: “la teoría ya se acabó, ahora entiendes la lucha”, y me devolvió el revólver diciéndome que ya estaba listo para jugar con armas de nuevo.
 
No pudimos seguir conversando, pues el Yayo me llamaba. Corrí para saber si algo había averiguado acerca de la muchacha desaparecida, y me comentó que Mondaca, uno de los guerrilleros jóvenes, y sus amigos, habían ido a Aracataca hace dos días, y nadie sabe donde están. Este Mondaca debe tener unos veinte años, y no tiene padres, fue criado por la guerrilla, igual que mi hermano Yayo, la diferencia entre ellos es que mi hermano se rige por las normas impuestas por Efraín, en cambio Mondaca reiteradas veces ha violado esas normas. Cuando era menor de edad se involucró en algunos problemas del negocio del narcotráfico, y Efraín lo castigó, pero a pesar de ello se mantuvo al interior de la comercialización de drogas.
 
Nadie sabía donde estaban, pero el Yayo conocía un escondite secreto que Mondaca tenía en la selva. Tomó su fusil y partimos en busca de la gringa desaparecida. Cuando llegamos al lugar, nos ocultamos, le dije a mi hermano que esperara, que tuviera paciencia, no atacar, debemos estar seguros que la mujer estaba allí. Vimos a tres de ellos fumando fuera del escondite, de pronto todos salieron, llevaban a la mujer amordazada, era pelirroja y de unos treinta años, eran cinco personas que la escoltaban, entre ellos Mondaca. De pronto vimos llegar una camioneta de unos mafiosos narcotraficantes de Dibulla, al parecer Mondaca y sus secuaces habían vendido a la joven. El Yayo impaciente, disparó su fusil, y le dio en la cabeza a uno de los grandulones de Dibulla. Los jóvenes secuestradores se lanzaron al suelo y se escondieron con la mujer, y los dos mafiosos que quedaron tomaron sus metralletas y disparaban hacia nosotros, gritando que era una emboscada. Tomé mi revólver y disparé, a uno de ellos le di en la pierna, aunque apuntaba a su cabeza. Seguíamos ocultos, y cuando ellos agotaron todas sus municiones, salimos a pelear cuerpo a cuerpo. El Yayo me lanzó una espada de madera, aunque yo había demostrado antes no ser muy diestro en ella, los enfrenté, y cuando uno de ellos cogió al Yayo, lo derribé de un solo golpe en la cabeza, por la rabia contenida. Si César me hubiera visto vencer a ese tipo sabría que ya puedo luchar. De repente una flecha salida desde la boscosa selva le atravesó el pecho al tercer mafioso que estaba por darme por la espalda con un garrote.
 
De la selva salió con su arco nuestro amigo César, el comandante. Nos preguntó si estábamos bien, y al recibir nuestra respuesta positiva, siguió hacia la mujer secuestrada y los jóvenes dirigidos por Mondaca. Los detuvo, nosotros nos encargamos de la mujer que estaba muy asustada con lo que ocurría. Nos fuimos de regreso, César entregó a los secuestradores a Efraín quien al parecer los iba a castigar enviándolos al campamento de Magdalena, donde tenían formas de castigar a los insurgentes.
 
Estuve con la mujer intentando explicarle donde estaba, y que se encontraba a salvo. Una vez calmada se presentó como Fernanda Rebeca Coll, me contó que su marido estaba muerto, y que habían venido a ver a la familia de su madre, que vivía en Aracataca. Yo quedé impresionado, pues esa mujer había nacido en aquel pueblo, pero la sorpresa fue mayor aún, al saber que su apellido de soltera era Smith, y su madre Altagracia Buendía. Esta mujer era la última sobreviviente de la familia condenada a cien años de soledad por segunda vez. Yo no podía creer como llegó ella hasta aquel lugar, el destino me cruzaba nuevamente con alguien de sangre Buendía, era una triste coincidencia, pues me volvía a acordar de lo que había sufrido a causa de la maldición de esa estirpe.
 
Aquella noche, Carolina estaba muy enojada por celos contra esa mujer, dijo que había estado muy preocupado de ella, y me impidió dormir a su lado. Estaba calurosa la noche, así que salí a caminar, me encontré con César que se estaba fumando un cogollo de marihuana, y lo acompañé un rato. Aspiré bastante humo de eso y quedé un poco mareado. Estuvimos conversando, me contó que desde que me vio con el revólver supo que andaba en algo raro con el Yayo, y lo conversó con Efraín quien le dijo que no me sacara los ojos de encima, por eso nos siguió. Le pedí disculpas por no haberle contado, y le agradecí habernos salvado, además le dije que intentaré no meterme en más problemas y que no iba a insistir en aprender a luchar.
 
Se puso de pie, me tocó el hombro y me dijo: “por lo que a mi concierne, el entrenamiento terminó, eres un buen guerrillero”, luego se marchó a dormir, yo me senté en un tronco a pensar y me quedé dormido admirando la luna.
 
 
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 “Las Drogas”