El Último Jinete del Apocalipsis

I.

París, Francia, 1555.


Era un otoño de 1555; Michelle de Notre Dame nuevamente volvía a dormir en su mansión en las afueras de París, Francia; y volvía a tener aquellos sueños que lo hicieron famosos en la posteridad; los sueños predoctores del futuro. Cada noche, desde que nació, Morfeo le daba estas pesadillas incontrolables. Esta noche soñó con un águila posándose en la luna, en el vio también a la Roma Papal. En estos tiempos de renacimiento, aún se pensaba que el dragón del Apocalipsis representaba a la Roma Papal, pero en realidad era la mujer ramera que se posa sobre los siete cuernos de la bestia. Así Nostradamus, como se le conoció años más tarde, dilucidó el enigma apocalíptico. Las siete colinas donde se posa Roma, donde hoy se encuentra el Vaticano, representan a los siete cuernos de la bestia. Sin embargo, aquella noche agitada para Nostradamus no terminó allí. Tras levantarse a beber un vaso de agua, volvió a dormir, y soñó con el fin que el Apocalipsis bíblico relata. Pudo ver en su pesadilla que este fin sucederá bajo el control papal de un extranjero. Esto lo despertó aún más exaltado, a mitad de la noche, y no sólo extranjero sino que era polaco, y durante su pontificado nacerá el anticristo, pero fallecerá antes de verlo gobernar. Este Papa polaco vivirá 30999 días. Desesperado despertó aquella noche, de sólo pensar que un pontífice no palacio llegaría al Vaticano. El último en lograrlos había sido el español Alejandro VI, en 1492 a 1503. No lo pensó dos veces y comenzó a escribir su sueño en una de sus centurias, para que quede registro de su predicción.


Toulouse, Francia, 1978.

Cuatrocientos veintitrés años más tarde, un sacerdote francés, Benjamín Folch se retira de la Iglesia de Avignon, donde ejercía el sacerdocio como monje agustino desde 1964. Habiendo estudiado textos romanos de rituales católicos en los Archivos del Vaticano. Prefirió dedicarse a la arqueología y la ciencia, algo que pudiera palpar con sus sentidos, pues de desilusionó de lo divino el día 6 de junio de 1976, cuando todos decían que nacería en aquella fecha el anticristo. El Vaticano lo envió en aquella ocasión a Belho Horizonte, en Brasil, donde se hablaba de una Iglesia que tenía una imagen de la Santa Madre, que lloraba sangre hasta las seis de la tarde del día 6 de junio de ese año, y se suponía que a esa hora había nacido el anticristo, engendrado en una devota mujer. La Iglesia pensó que no sería extraño que fuera en Brasil, pues es el país más católico del mundo, y pensaban que encontrar mujeres devotas era fácil allí. El padre Folch llegó a su primera misión en terreno tras años de investigaciones de Archivo. Sin embargo tras unas semana en el lugar, demostró que la virgen lloraba sangre porque los aldeanos había montado esa farsa para atraer más turistas, pues había fallecido hace pocos días el padre Almeida, que era el párroco del lugar. Además el niño que nació con la marca de la bestia tatuada en la frente, dejó de tener aquella marca a los pocos días. Después de ello, el Padre Folch regresó a Roma. Y decepcionado con lo sucedido comenzó a discutir con el Padre Burn, su mentor en el Archivo del Vaticano, acerca de las veracidades bíblicas. El Padre Folch siempre pensó que el libro santo fue escrito en metáforas y parábolas, no en cosas reales, ni mucho menos predicciones del futuro. Tras una larga discusión, El padre Folch decide alejarse de la Iglesia, y deja su carta ante el Obispo Guiseppe Maesti. Luego marchó a su natal Francia, donde comenzará su carrera de arqueólogo.

Estaba un día en las cuevas de Lascaux, Francia, investigando acerca del arte ruprestre del cromagnon, cuando recibió una visita de un empresario parisino. Albert Massoç, quien le entrega unos pergaminos en una lengua parecida al arameo del siglo IV a.C., diciéndole que necesita a alguien que haya estudiado lenguas antiguas para poder traducirlo. Folch tomó los pergaminos, los vio, y preguntó: “¿dónde los hallaron?”, a lo que Massoç responde: “en una de las torres de la Iglesia de Notre Dame”. Folch sorprendido dice que es imposible, guardando los pergaminos en su bolso, y tranquiliza al empresario, diciéndole que va a estudiarlos y le responderá, pero adhirió: “es imposible, el arameo del siglo IV a.C. era muy difícil de conocer, desapareció cuando parís aún no existía, y por lo demás, cualquier documento escrito en esa lengua está en el Vaticano”.

Una vez en el hotel, Folch no dio importancia al papel, y se durmió. En sus sueños volvió aquella imagen del obispo de Avignon diciéndole: “el Anticristo quiere ser Cristo, va a engañar a muchos con su rostro de bondad, con milagros y señales portentosas, que sólo serán mentiras. Benjamín, no te dejes engañar por la tentación”. Folch tenía una teoría al respecto. Siempre pensó que el maligno no podría ser tan obvio. Mientras todos esperaban que se manifestara en una conjunción de seis; recordaba aquel niño brasileño que nació con el número de la bestia marcado en la frente, y pensó que no podría ser así, pues el diablo no puede ser tan obvio en sus señales, si están han de ser portentosas. Al despertar tomó el pergamino en arameo que le entregara en la tarde Massoç, y comenzó a leerlos.

Era el 16 de octubre de 1978, y Folch terminó de traducir aquellos pergaminos, quedando atónito al conocer su contenido. Era una centuria de Nostradamus, la cual fue escrita en arameo por el médico francés para hacer más dificultosa su traducción. Hablaba esta del anticristo, el cual nacería en el lugar donde el diablo cayó después de la guerra en el cielo, en la fecha de su marca, pero truncada. Además, explicaba que su nacimiento se producirá bajo el pontificado de un extranjero y polaco en suelo pontificio, que ha de vivir 30999 días desde su nacimiento, y que posterior a él, se producirá el gobierno del Anticristo. Al final, firmado por Michelle de Notre Dame, con fecha 9 de septiembre de 1559, pero en números romanos, lo que Folch no tomó en consideración.

Se sentó a tomar desayuno. Encendió el televisor para ver las noticias, cuando se da cuenta que han convocado a un nuevo Concilio en Roma para designar al nuevo Pontífice, pues Juan Pablo I había fallecido. Folch no dio importancia al asunto, pues sabía que el Cardenal Guiseppe de Roma tenía las mejores posibilidades de ser el nuevo Papa. Volvió a las cuevas de Lascaux, buscando nuevas pinturas rupestres, cuando lo fue a buscar su novia Sarah Scout, para ir a almorzar juntos. Estaban en un afamado restaurant de Toulose, cuando en la televisión anuncian que el Nuevo Pontífice al cardenal de Cracovia, Polonia, Farol Wojtila, que pasó a llamarse Juan Pablo II. Folch deja caer su servicio al plato, se puso de pie y corrió hacia su hotel.