2º la maldición de macondo




Parte Primera:

La Maldición de Amaranta Úrsula”

 

Capítulo I:

“Recuerdos”

 

                Cuatro días han pasado, y Ricardo se encontraba consumido en un cigarrillo. En estos últimos cuatro días, no ha hecho más que recordar los momentos bellos de su vida. Aquellos que quedan marcados en la mente de las personas, con la idea de olvidar aquellos malos recuerdos, que, penosamente, también se mantienen en la mente para siempre. Recordaba así, la primera vez que sintió amor por alguien. Su nombre era Catherine, estudiaba en el mismo colegio donde Ricardo asistía regularmente a clases durante el año 1999. Toda su vida había estado sumergido en sí mismo, sumergido en los estudios y la escritura. Sin embargo, aquel año despertó en un mundo real, en el mundo en el que vivía a diario y que no se daba cuenta; el tiempo pasaba a su lado sin sentir más, que la necesidad de desarrollar su intelecto. Un amigo de aquella bella mujer se acercó una tarde y le dijo que ella sentía algo por él. Ricardo no prestó atención, hasta que la vio, y se enamoró por primera vez, esa vez que uno nunca olvida, la primera sensación de amor y deseo que un hombre posee, quizás a los trece años, Ricardo le vino a sentir recién a los quince. El cortejo, como dirían algunos más ancianos, duró solo tres días, cuando en la parte posterior de un carro, unieron sus labios por única vez, pues nunca más volvió a verla. Su idiotez hizo terminar aquella relación al día siguiente, pues necesitaba tiempo para seguir estudiando, y seguir hundiendo su ser en algo que no sería fructífero a futuro, en algo que le haría dudar de la existencia de los sentimientos más adelante.

                Así recordaba aquel primer día de esta semana aquella ocasión, la cual no estuvo exenta de recordar las malas cosas sucedidas aquella vez. La mente es traicionera, el hombre no controla  a su mente, sino que ella al hombre. Cuando uno desea revivir recuerdos bellos, la mente y el inconciente nos hacen opacar esos momentos, con los recuerdos virulentos que pudieran existir, sobre la misma situación.

                No pudo seguir recordando detalles mayores respecto de la ocasión, fue por ello que prefirió volver a sus prácticas habituales, escribir su novela, una segunda novela. Hace poco más de dos meses había logrado que una editorial extranjera se interesara por su primera novela, la obra máxima que Ricardo cree jamás nunca superar; la segunda parte de Cien Años de Soledad, del prestigioso escritor colombiano, Gabriel García Márquez. Esta obra que comenzó a escribir a la edad de diecisiete años, y que finalizó por fin tres años más tarde, es sin duda la cual ha causado todos los males de su vida.

 

                Fue hasta la oficina donde trabajaba para el gobierno regional, como asesor de un par de  secretarías regionales. Allí estuvo todo el día sin atender público, sin revisar un papel, sin pensar en nada. Sólo quería estar aislado de la sociedad que le rodeaba. Volvía  a su casa a la hora de almuerzo, caminando por las calles de la ciudad, fumándose un cigarro. Llegó a casa a media tarde, y se puso a pensar nuevamente, era ya el segundo día en que se sentaba en la cama a pensar en los bellos momentos de su vida.

 

                Recordó entonces la ocasión en que se enamoró por segunda vez, parece no entender por qué los recuerdos buenos que vienen de pronto a la memoria, son de carácter sentimental, nunca laboral o personal. Pero en fin, hacia el año 2001 volvió a sentir una fuerte atracción por una mujer llamada María Teresa, sin embargo ella era la pareja de uno de sus mejores amigos. Quizás fue mejor para él en este sentido, pues se veían a escondidas de su amigo, en los momentos libres de Ricardo, y el resto del tiempo lo utilizaba estudiando, y ya ese año trabajando en política. Sin embargo, aquella relación no prosperó más allá de los cuatro meses, perdiendo además una amistad.

 

                Nuevamente la mente juega una mala pasada, recordando lo malo de aquel año, opacando al enorme sentimiento de amor que sentía por ella.

 

                Se levantó de la cama, salió a caminar, ya era de noche, y acostumbraba caminar rumbo a la catedral de la ciudad. Si bien, no era católico, su familia era cristiana evangélica, Ricardo, desde por lo menos siete años, prefiere abstenerse de decisión religiosa. Iba hasta la catedral de la plaza de armas de la ciudad, a estar solo, a sentirse más liviano, a dejarle su carga a Dios, o a quien escuchase sus plegarias desde ese lugar, se decía calladamente.

                Ya de noche, pasó por un bar, a beber un trago, y fumando volvió a caminar rumbo a casa.

                Al día siguiente, fue a trabajar, pero se sentía de la misma forma que los dos días anteriores. Recorrió algunos lugares de la ciudad, antes de volver a casa después de almuerzo, por suerte se acercaba el fin de semana, y no debía volver al trabajo hasta el lunes. Se sentó en la banca de una plaza cercana a la estación de ferrocarriles, allí, prendió quizás el vigésimo cigarrillo del día. Y su mente volvió a transportarle hacia sueños maravillosos de su vida.

                Recordó otros momentos felices. Hacia el 2003 llegó a estudiar a la ciudad de Valparaíso, allí, si bien no fue mucho lo que estudió, conoció varias amistades, logró reconocer a los amigos de verdad que tenía en la ciudad de donde salió, que nunca le olvidaron, y vivió un poco la bohemia que viven los artistas en los puertos. Quizás este ambiente le hizo intentar llevar su carrera a algún nivel más elevado. Cuando escribió “cien años más de soledad”, sin saber lo que le acarrearía en su vida, nunca lo hizo con la intención de entregarle al mundo la obra, pero después de conocer a diversos artistas en el puerto, decidió que el mundo debía conocer su creación, y se empeñó en lograr la publicación de su novela. Pero fue desde entonces cuando todo empezó a ir mal, y más adelante se explicará la razón. Sin embargo, por tercera vez su mente opacaba lo bello de aquellos recuerdos, con las ideas nostálgicas, las tardes que pasaba llorando en la piedra feliz, por la ansiedad de estar en su ciudad, por la ansiedad de estar con los que quiere, que si bien talvez tarde se dio cuenta que no sentían lo mismo, en esos momentos, eran esos sus sentimientos. Finalmente la derrota educativa de la cual fue presa al finalizar el primer semestre de universidad, con un solo ramo aprobado, fue la salvación para él, pues eso le obligó a retornar a Rancagua.

                Durante el invierno de aquel año se puso en marcha para finalizar su novela, con la idea de publicarla lo antes posible. Conoció antes del final de ese año a un par de amigos que serán la causa de su cuarto día de desesperanza.

                Era sábado, y despertaba con el sol en la cara. Se puso de pié para ducharse, y vestirse, para luego sentarse a sentir la brisa de los árboles, y a disfrutar de un cigarro, y de los recuerdos que pudieran venir a su mente esta vez, a orillas de la piscina que adornaba el amplio patio de su gran casa, donde desde hace unas semanas habitaba sólo. Ya estaba acostumbrado a estas jornadas de buenos y malos recuerdos, de esta ironía de la conciencia.

 

                Recordó quizás los momentos que cambiaron su vida radicalmente. Toda su vida, vivió de manera distinta a sus pares, nunca llevó una vida normal para gente de su edad. Muchos creían que eso era bueno, él personalmente piensa que fue funesto. Conoció por extrañas circunstancias del destino a dos personas que pasaron a ser luego sus mejores amigos. Ellos tenían algunos años menos que Ricardo, y el hecho de pasar tanto tiempo con ellos le hizo vivir su juventud como debía. Disfrutó con ellos cada momento, cada segundo era bello. Sin embargo el año posterior, volvió a trabajar sin tiempo para nada, a ocuparse de cosas que no le correspondían, a soportar a un individuo que fue finalmente quien obligó su salida de aquel partido político en el cual trabajó por tres años y donde conoció a grandes personas que aun recuerda con cariño. El 2005 fue un mejor año, pero lamentablemente volvió a enamorarse, y para su mal, era la pareja de uno de sus mejores amigos, a quien pensó querer demasiado. Sin embargo, quiso olvidarla, por mucho tiempo lo intentó. En una ocasión, en casa de Gonzalo, fue sorprendido conversando con alguien respecto de sus sentimientos hacia esta joven, y se vio en la obligación de inventar que la persona que le atraía era otra, pues su intención primordial era olvidarla, para conservar la amistad de Diego. Pero ocurrió otro error, la mujer que eligió para mentir, no estaba sola, sino que era la pareja de otro amigo, que para esa fecha no era tal, pero que con el pasar de algunos meses Ricardo le llegó a querer demasiado, pero que sin duda fue un absoluto error.

 

                Así pasó casi cuatro meses ocultando sus verdaderos sentimientos hacia aquella niña que amaba de verdad. Para esa fecha su novela había sido terminada, y revisada incluso, buscando editorial. Y estaba trabajando en una novela titulada “Sewell”, donde exponía una historia de amor del año 1944 en el campamento minero al oriente de Rancagua. Su amor hacia Daniela, como se llamaba aquella niña de diecisiete años que le cautivó, le hizo intentar unirla a este trabajo, quiso involucrarla a ella pidiéndole que le ayudara con la creación de la historia romántica, pero nunca prosperó su intención. Mientras más avanzaba el tiempo, y mientras más escribía su novela, más se alejaba de sus amigos, a quienes quería muchísimo.

 

                Su mente volvió entonces a recordar aquellos malos momentos, esas ocasiones donde Miguel Ángel le trataba muy mal cuando conversaban por teléfono o por chat, esta herramienta electrónica que solo le ha traído amarguras. Cada conversación que tenía con él por chat, le dejaba muy mal, sentimentalmente. Ricardo esperaba que su cariño hacia él fuera recíproco, a quien sentía tan cercano como un hermano, pero nunca fue así. Definitivamente algo los alejó, algo que Ricardo jamás supo, y que no quería averiguarlo, porque siente un estremecimiento en el corazón cada vez que lo recuerda. Prefirió así olvidarlo, intentó ignorarlo por meses. Hasta que llegó una ocasión en que no lo habló, ni lo vio casi por dos meses.

 

                El día domingo despertó con un sabor amargo en su pecho. Sentía una soledad tremenda, y esta vez comenzó a pensar inmediatamente en algo malo. No recordaba ahora sus bellos momentos, pues, parecía ya no haber más. Recordó el momento en que su mejor amigo, o por lo menos a quien Ricardo quería como el mejor, se había marchado a Miami, en Estados Unidos, a vivir con su padre. No podía soportar verle marchar, por esa razón no le acompañó al aeropuerto, ni siquiera se despidió de Gonzalo. Sin embargo, al pasar la mañana dejó esos sentimientos de amargura.

 

                Fue hasta su computadora, y revisó su correo electrónico, esperanzado en que recibiría algún mensaje de su amigo Gonzalo, pero no había nada. Luego algo le hizo revisar su otro correo electrónico, el cual fue cuestión de duras críticas de sus amigos. Recordó entonces la ocasión en que decidió buscar un seudónimo. Tras días de búsqueda, utilizando los criterios de los dos Premios Nobeles Chilenos, saco los dos nombres, de los dos escritores favoritos de Ricardo, “Julián”, por el cubano José Julián Martí, y “Márquez”, obviamente por el colombiano Gabriel García Márquez. Sin embargo descubrió en un buscador de Internet que aquel nombre era de un escritor mexicano. De esa forma decidió interponer en medio el nombre de Aurelio, “Julián Aurelio Márquez”, sería el seudónimo, así recordaría además al nombre de uno de los personajes de su novela “cien años más de soledad”. Sin embargo, sus amigos, o por lo menos quienes se consideraban así, le llamaron loco a sus espaldas. Un día el mismo Gonzalo, talvez ocultando que él también lo pensaba, le dice que por favor se cambie ese nombre, que todos hablaban de él como un demente. Sin embargo, Ricardo no lo aceptó, aunque más tarde lo haría, pues pensó que su nombre no era malo para un escritor, sin saber que su destino era serlo. Sintió una gran soledad en aquella ocasión, se sentía abandonado por sus amigos, y dijo: “creo que elegiré mejor a mis amistades”, pero no quiso enojarse con Gonzalo, lo quería mucho, y no deseaba perderlo a él también.

 

                Dejó de recordar. Pasó toda la tarde de aquel domingo en su despacho intentando tontamente escribir su novela “Sewell”, pero no lograba avanzar ni un solo reglón. Se fue a la cama, y durmió plácidamente. A la mañana siguiente volverá a su trabajo, y así se mantendrá durante los tres próximos días, tranquilo, solo preocupado de su trabajo.


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Parte Segunda:

La Casa en Macondo”

 

Capítulo I:

“El Deseo de Conocer Macondo”

 

                Pasaron algunos meses desde que Ricardo había pasado por aquel episodio de la maldición de Amaranta Úrsula, y el haber olvidado todo lo que la había ocurrido. Sin embargo, pronto volvió a recordar las historias de sus sueños. Recordó Macondo, recordaba a la familia Buendía.

                Vivía tranquilamente en una gran casa de la ciudad de Rancagua, donde lo acompañaban sus amigos Gonzalo y Nicolás, y su novia Daniela. Había comenzado a invertir sus ganancias del libro que había escrito, y creó Riesco Inversiones, una empresa que poseía varios rubros de comercio, desde educación hasta construcción. Algunos meses más tarde de la creación de su empresa, dos accionistas compraron escasos porcentajes de acciones, quedándose Ricardo aún con el setenta y cinco por ciento de la empresa. Comenzó a alejarse un poco de la administración que llevaba, pues ahora era un gran holding y estaba Jaime Castelblanco como gerente. Por otro lado, Nicolás, su mejor amigo, le ayudaba, reemplazándolo en las reuniones del consejo directivo, pues tenía un poder notarial incluso para firmar por él.

                De esta forma aprovechaba el tiempo que tenía en su novia, en viajar y en intentar terminar su novela romántica “Sewell”, que lleva tanto tiempo trabajando sin poder concluirla. No obstante, su mente se trasladaba a Colombia. No lo dejaba pensar tranquilo. Así fue como decidió definitivamente viajar a conocer Aracataca, a conocer la ciudad en la cual ambientó su novela, y que no conoce, por lo que no sabe con la sorpresa que le aguarda en aquel lugar.

                Compró los boletos de avión, y decidió viajar solo; le explicó a su novia que era algo importante para él, y que necesitaba este tiempo solo con la ciudad que dio vida al libro, aunque en realidad fuese totalmente al revés.

 

                Viajó a Colombia, en el camino observaba los andes peruanos, y las nubes surcando el cielo, y el avión entrando en aquellas nubes. Tras algunas horas de vuelo, aterrizó en el aeropuerto de Bogotá, la capital colombiana. La ciudad se preparaba para un nuevo aniversario patrio, pero esta ocasión el gobierno no obligaba a pintar las casas azules con blanco como en años anteriores, aunque fuera eso lo que esperaba encontrar Ricardo a su llegada al país.

                Tomó un taxi que lo dejara en la estación de trenes. Desde allí abordaría uno para dirigirse a la ciudad de Santa Marta, ubicada a varias horas de la capital. Mientras el tren se dirigía al norte, Ricardo percibía aquel olor a bananos, y selva, a aquella maraña de árboles silvestres que se encontraban en la orilla de la línea férrea.

                De a poco se percibía ese ambiente a pueblo recóndito que tenía Aracataca. Llegó a Santa Marta, y desde ahí un autobús lo dejaría en el pueblo de los macondinos. Tras dos horas de viaje en bus, llegó a la entrada de Aracataca. Un sentimiento extraño invadía el interior de Ricardo. Muchas cosas que veía a simple vista las reconocía y sentía que había estado antes allí, como un dejavú. Avanzó con su maleta por la calle principal de la ciudad, y cada paso que daba, era como si no fuera un extranjero, como si todo lo que allí había él lo conocía. De pronto comenzó a observar los edificios, los que estaban dispuestos tal y como los describía en su novela “cien años más de soledad”, se reía, creía que todo era una coincidencia formidable. Quizás, los cataqueros querían recrear lo escrito por Gabriel García Márquez, pero aún le quedaba una cierta duda. Sin aviso, alguien le toma por la espalda, y Ricardo voltea a ver quien es. Era un gitano de rasgos toscos, de pelo largo, entre negro y cano, y una barba incipiente. Se presentó como Milenko Jovanovic, y Ricardo le estiró la mano para saludarle y decirle su nombre, pero el gitano se adelanta, y le dice: “Ricardo, talvez no me recuerdes, pero yo sí a ti”.

                Ricardo no entendía lo que ocurría, y comenzó a interrogar al gitano que supuestamente le conocía. Milenko le pidió que lo acompañara a caminar por la avenida central del pueblo; Ricardo lo siguió con su maleta a rastras. De pronto se detuvieron delante de una casa, y el gitano le dice: “hasta aquí, aquí podemos conversar”, apuntando su índice hacia la casa que se encontraba frente a ellos.