Alejandría

Capítulo I.


Era la madrugada del día nueve de abril de 1911. El propietario de las empresas Weldon, el Sr. John Weldon, daba el adiós a su amigo Dick Sand, quien a bordo del buque “América”, capitaneaba rumbo al mar mediterráneo, en busca de nuevas aventuras.

Desde el fallecimiento del señor James W. Weldon y su esposa, en 1909, Dick Sand no había abordado ninguna nave, sólo se había dedicado a escribir sus grandes aventuras en el mar, como la que vivió en 1873 en Angola, y en 1903 en la Antártica y la Patagonia, ambas con su amigo John; aunque también había vivido muchas aventuras solo, como cuando se perdió en La India, llegando hasta Delhi, en su búsqueda de la costa occidental desde la oriental; o cuando unas ballenas atacaron su barco en las aguas del mar de Timor. Sin embargo, la necesidad de navegar que tenía este capitán que inició sus labores a los quince años, estaba llegando al límite. Llegaba a la cincuentena y media de años casi, y fue entonces cuando pidió un barco para iniciar una travesía al África del norte, a su amigo y jefe John Weldon, quien junto a su esposa patagona Sarah dirigían la empresa que se había extendido por todo Estados Unidos. John Weldon se quedó en tierra esta vez. La experiencia vivida en 1903, cuando se frustró su expedición a la antártica y fue a parar a un pueblo patagón del sur de Argentina, le hacían desconfiar del mar, pues en 1873, con cinco años de edad ya había vivido una experiencia aterradora gracias a un ciclón que los llevó al África junto a la tripulación capitaneada por Dick Sand. 

El capitán Sand le había comentado a John algo acerca de un tesoro, en la tumba del gran helénico Alejandro Magno, en la ciudad que el fundase en Egipto llamada Alejandría. Ante eso John interesado por obtener fortuna y fama en la búsqueda de un tesoro, le dice a Sand que se unirá a su expedición en Egipto, pues prefiere viajar en avión, así será más seguro para llevar a su hijo Thomas Weldon, que tenía siete años de edad.

Así partió Dick en un viaje a la ciudad de Alejandría. Un viaje de un par de semanas, pero que Sand tomó dos meses, pues prefirió ir deteniéndose en cada puerto de la costa norte de África, lugar que no conocía, pues nunca se había aventurado en este mar Mediterráneo.

Por su parte, John junto a su hijo Tom, iban constantemente a la biblioteca de Filadelfia a buscar información acerca de la ciudad de Alejandría, cuya leyenda dice que guarda el tesoro del fallecido Alejandro Magno, con una montaña de oro y piedras preciosas que logró obtener desde su conquista en el Ganges al Asia Menor. El problema surgía cuando se dio cuenta que en la Grecia antigua existían cerca de seis ciudades llamadas Alejandría, desde Anatolia a la India, y sólo una existe aún en pie, siendo esta la de Egipto, sin embargo no se sabe con certeza en cual de todas se sepultó al Magno.

Dentro de su estudio, John averigua algo acerca de la historia de Alejandría. Cuando Alejandro Magno llegó a Egipto el año 332 a.C., entró como libertador, tras derrotar al persa Darío III, proclamándose rey de Egipto, el que fue aceptado por el pueblo. Luego el país fue gobernado por faraones helenísticos que procuraron proteger la religión tradicional, pero impusieron al país un sistema de gobierno griego; así nació la nueva capital del reino, Alejandría, fundada por el mismo Magno, y averiguó otras cosas a cerca de la geografía de la ciudad de Alejandría, que podían cambiar el curso de la travesía.

Inmediatamente buscó un pasaje de avión para él y su hijo. Pero no había ningún vuelo ese día hacia Sevilla, desde donde salen los vuelos a El Cairo. No podía esperar tres días para el vuelo, así que ordenó al mejor de sus capitanes que preparara el “Pilgrim III” para que lo llevara con su hijo a Egipto. Así, sin olvidar lo peligroso que es el mar, abordó el barco junto a su hijo, el capitán Martín Ford, y el viejo Bat. El capitán Ford tenía ya cuarenta años de servicio en la armada norteamericana, y en su retiro decidió trabajar en las embarcaciones de las empresas Weldon.

En Alejandría, Dick Sand, con poca preocupación en las cuestiones históricas ni arqueológicas, incluso olvidando la religiosidad del país, se lanzó en la búsqueda de la tumba. Desde 1909 tenía el permiso Real de Su Majestad Británica. El gobernador inglés en Egipto, Sir Mounbatten, había puesto a disposición del Sand toda la tropa anglosajona que estaba apostada en esa ciudad, para los fines lucrativos que la corona real de Gran Bretaña había otorgado al señor Sand. Así, a diestra y siniestra penetraron en los templos religiosos como el de Horus, dios halcón asimilado al sol; o el de Amón, dios del nomo tebano y los de Osiris y Set. Cavaron hoyos por doquier, en cada lugar levantado que estuviera barbecho, o próximo a un templo egipcio, pero Sand no sabía que los templos egipcios de aquella ciudad debían ser posteriores a Magno.


Capítulo II.


Ya llevaba un mes cavando hoyos como si Alejandría se convirtiera en un campo de batalla atrincherado; cuando llegó a puerto el barco de John Weldon y el capitán Ford, en busca del capitán Sand. El veintitrés de agosto de 1911 al fin se encontraron, en las tiendas de campaña que el ejército inglés había dispuesto para los expedicionarios. John dejó a su hijo con el viejo Bat, y entró en una tienda junto a Sand, a narrarle todo lo que ha averiguado. Diciéndole: “Alejandría fue fundada el año 332 a.C. por el mismo Alejandro Magno…”, a lo Sand asiente con la cabeza, y John continúa: “…cuando la ciudad se construyó se impuso un estilo de gobierno griego, por lo que hace pensar que la ciudad original no se hizo aquí, pues los griegos no construían ciudades en la costa, sino más al interior…”, Sand lo observaba perplejo mientras John intentaba explicar al capitán que estaban equivocados en el lugar que buscaban. John prosiguió: “…cuando falleció Magno, el 323 a.C. fue enterrado en la ciudad que él fundó en el 332 a.C. no obstante, cuando los ptolomeos recuperaron Egipto, ordenaron construir la ciudad donde hoy está para instalar así un importante puerto en el mediterráneo, y eso fue el años 317 a.C. y desde entonces se comenzaron a construir los templos religiosos que están instalados en la actual Alejandría.”, así John convenció a Dick que estaban en el lugar equivocado; sin embargo Dick no estaba del todo conforme, pues al interior tenía un enorme desierto, como saber donde buscar, pero John venía con un plan para encontrar aquella ciudad perdida. John le muestra un mapa donde había trazado la ubicación donde debía estar la tumba de Magno, y le dice a Sand: “…recuerdas que Magno habla en uno de sus libros, acerca del templo de Kentamentiu, dios lobo y patrono de los muertos; (y Sand asiente), bueno en la actual Alejandría no existe ningún dios con aquel nombre, por eso no tiene ningún templo en su honor, pues es reemplazado por Osiris; pero en la Alejandría de Magno si existía, y en el lugar donde está trazado en el mapa, es una excavación que hace años abandonó allí la búsqueda del templo de Kentamentiu.”. Dick Sand ahora estaba totalmente convencido de ir hacia el pequeño poblado que le decía John, era el pueblo abandonado de Nonzha.

Anduvieron día y medio a bordo de los jeeps que el ejército británico les había dispuesto. Un aire de desolación, misterio y frivolidad llenaba el ambiente del pueblo fantasma de Nonzha. No había sido visitado hace muchos siglos, a excepción de la expedición que quería desenterrar el templo de Kentamentiu hace treinta años, y despareció completa en estas desoladas tierras.

Instalaron las tiendas de campaña en todo alrededor de la entrada del pueblo abandonado, cubierto de arena, y pasaron aquella noche en aquel lugar. Cerca de ciento cincuenta soldados, John, Dick ç, Ford y el pequeño Tom Weldon. Un aire tenebroso llenaba hasta el último rincón de cada tienda; pero Tom no tenía miedo, andaba por allí y por allá como si no fuera peligroso jugar entre ruinas egipcias.

Esa misma noche, el pequeño Tom entró en la ruina del templo de Kentamentiu, sólo y con una antorcha en la mano. Entró por un pasillo, bajó unas escaleras casi deshechas, las paredes estaban llenas de jeroglíficos antiguos de los cuales Tom no tenía idea como traducir, y nadie de quienes estaban en aquel lugar acampando. De pronto llegó al final del pasillo, y antes de devolverse pisó una piedra que abrió delante suyo una puerta secreta, un gran bloque de piedra era movido por palancas, adentro estaba una tumba, que claramente no era de Alejandro, pues era bastante más humilde de lo que se esperaba, y ni una sola moneda de oro, ni anillo, ni diamante, nada de nada, sólo telas de araña y unos cuantos pergaminos de escaso valor comercial.

Era la tumba del sacerdote egipcio Isidoro, quien en tiempos del Emperador romano Marco Aurelio y su hijo Cómodo, se sublevó en el sector de Alejandría y el Delta del Nilo, y recuperó esta ciudad, pero ahí falleció, siendo llevado hasta Nonzha, donde fue enterrado en el templo de Kentamentiu. En esos tiempos nadie recordaba que Nonzha había sido alguna vez Alejandría.

Tom sacó uno de los tantos libros que estaban en aquel lugar, y salió rápidamente de allí hacia las tiendas de campaña. No se atrevió a abrir el sarcófago, quizás porque sabía que no podría, pues es sólo un niño de siete años, sin fuerza para mover tanto peso. No obstante si tomó uno de los libros, uno de los cientos libros y pergaminos que en la tumba estaban. Cuando llegó al campamento recién notaron su ausencia. Tom le entregó aquel libro a su padre, quien interrogó al niño para saber de donde lo había sacado, acordando ir al lugar al amanecer, y ordenó al niño ir a dormir.

Comenzó a leer el libro, que estaba en latín, escrito por el mismo Isidoro. John no entendía porque un libro en latín estaba en una tumba egipcia del período griego. Pero non quiso cuestionarse más y sólo leyó.