Patagonia

La única posibilidad de descubrir los límites de lo posible

es aventurarse un poco más allá de ellos,

hacia lo imposible.

 

 

Arthur C. Clark

 

Escritor Británico

 

 

 

Capitulo I.

             El día siete de enero de 1903, el joven John Weldon estaba a bordo del Pilgrim II, como el capitán de la nave. Ese día zarpó con veintiún hombres como tripulación, desde Filadelfia, con destino al Polo Sur, surcando las aguas del Atlántico.

            La enseñanza que le dio su gran amigo Dick Sand, además de la ayuda de su padre, el Sr. James Weldon, para la compra de un barco, ayudaron para que el joven John se aventurara en esta travesía. Norteamericanos ya habían hallado el polo magnético del Polo Norte, pero el Polo Sur era aún todo un misterio. Cruzar todo el continente blanco era además una gran aventura, que muchos no se atreven  a dar por las dificultades del medio ambiente al cual se exponen.

            Tras doce semanas de viaje, con escala sólo en Río de Janeiro, donde estuvieron cerca de quince días, el Pilgrim II llega a las Islas Georgias del Sur, donde se aprovisionarán de combustible, alimento, un científico y otros cinco hombres que conocieran la tierra helada de la Antártica. En la isla se encontraron con  la expedición antártica alemana, quienes retornaban sin éxito de la travesía. El comandante Erich von Drygalsky, comentó sus pormenores al joven Weldon, quien no se intimidó por el crudo invierno que dejó sin nave a los germanos, que debieron ser rescatados por la armada chilena.

            Tenían todo previsto para partir el tres de julio hacia el Polo Sur. Dos día antes el centro metereológico de Islas Georgias anuncia una gran tormenta proveniente del Cabo de Hornos. Sin embargo John no pospuso su aventura. Pensó que si bordeaban por el oriente las Islas Georgias y bajaban en línea recta por el mar de Weddel, no se toparían con la tormenta que provenía del pacífico.

            Llegó la fecha prevista, y contra una tenue llovizna, el Pilgrim II zarpó hacia la antártica a poco andar, y habiendo dejado a solo tres millas las islas Georgias del Sur, el tifón que se venía del pacífico azotó el barco, no obstante John Weldon mantenía la idea de seguir, sin recordar lo engañoso que son los tifones del océano pacífico, lo único que pensaba era no llegar a parar nuevamente a Angola, como cuando tenía cinco años y su madre quiso volver de Auckland a San Francisco en un barco ballenero. Sin embargo confiaba en su buque, que no era un ballenero, estaba acondicionado para una travesía como ésta.   El capitán Weldon perdió el control del timón y el barco era llevado por la fuerza de las turbulentas aguas. El viento rompió uno de los mástiles, y a pesar del agua dentro de la cubierta, el barco no se hundía.

            Dos días de intensa lluvia pasaron, y mantuvieron a flote al Pilgrim II, hasta que colisionó con una rocosa playa, siendo destrozado en proa. La gran parte de la tripulación pereció en medio de la tormenta, otros con la sacudida que sufrió el barco. Sin embargo Weldon sobrevivió junto a cinco de sus hombres, que lo acompañaban desde Estados Unidos. Lograron salvar algo de alimento del barco, pero ni brújula, ni mapa, ni compás, nada que les ayudara a ubicarse. En minutos la nave se hundía en la costa de aquella desértica tierra.

            Cuando estaban ya en tierra firme, John Weldon daba gracias a Dios el no estar en África, estando seguro de encontrarse en América. Sabía que en dos días, por muy fuerte que fuera un ciclón, no hubiesen llegado hasta tan lejanas tierras en África. Pensó que podría ser Chile, o talvez las islas Malvinas, por lo rocoso de la costa. En la Islas Georgias del Sur recién oían la llamada de auxilio del Pilgrim II, pues el ciclón obligó a todos a evacuar las instalaciones de monitoreo de las islas.

Bueno…”, dijo Weldon, y agregó: “…hay que decidir que hacer, y rápido; si esto es las Malvinas debemos recorrer hasta el otro lado, pero significa ir al interior…”. John sabía lo peligroso que es ir al interior. Su amigo Dick Sand siempre le enseñó que es mejor avanzar por la costa; “…en cambio…”, dijo John, “si esto es Chile o Argentina, y estamos en la Patagonia, también tendríamos que ir al interior, pues estos países no tienen ciudades en la costa en estas inmediaciones tal australes…”, así estaban en una disyuntiva muy importante, hasta que finalmente decidieron ir al interior.

Olvidando toda recomendación de su amigo y capitán Dick Sand, que lo salvó hace treinta años, cuando el Pilgrim naufragó en costas africanas, y por un embuste de un traficante de negros, la tripulación fue llevada al interior, donde por obra divina lograron sobrevivir a tamaños riesgos. No obstante, John algo conocía de la geografía del sur de América, y sabía que en Chile a ese meridiano podría estar Coyhaique hacia el interior, y en Argentina estaría la ciudad de Neuquén. En ambos casos por la costa tendrían semanas enteras sin encontrar pueblo alguno.

Emprendieron el camino por la orilla del río Deseado, donde habían sufrido el accidente, en un lugar llamado Bahía de Nodales. Sin embargo, no conocía a cabalidad la geografía chilena, pues no hay ríos con desembocaduras tan extensas como la que habían visto, mucho menos en la zona donde él pensaba; y por otro lado, si John no sabía que aquel río era el Río Deseado, entonces tampoco sabía que esa zona de la Patagonia Oriental aún no ha sido habitada por argentinos. No obstante, a pesar de desconocer todo eso, se aventuraron al interior, esperando su destino.

            Ya era nueve de junio. En Filadelfia, un telegrama llegaba a manos del Sr. James W. Weldon, enviado desde el centro de monitoreo de las Islas Georgias del Sur, avisándole a la familia de John sobre su desaparición en las aguas de la antártica, y sobre su última señal de auxilio enviada desde algún lugar del Mar de Weddel. Sin embargo no saben que eso fue lo más cerca que la nave y sus tripulantes se pudieron acercar al continente blanco.

            El Sr. Weldon se encontraba desesperado con el miedo de perder a su hijo. Ya una vez se había perdido en el inmenso mar, y no quería volver a pasar por ello. Comentó lo sucedido con su esposa, quien se lanzó en llanto de solo pensar que su hijo podría estar muerto.

            Cuando la calma volvió a la familia, y el Sr. Weldon había decidido ir en busca de se hijo, la Sra. Weldon le pide que ubique al capitán Sand, que él es la única persona que puede traer a su hijo con vida a casa. “Dick Sand nos salvó hace treinta años, cuando él sólo tenía quince y se hacía cargo de la capitanía de aquel ballenero, él es el único que puede salvar a John”, dice la madre del joven John. Weldon ordenó ubicar al capitán Sand, quien tenía un barco, de propiedad de la familia Weldon, del cual era capitán hace veinte años.

            Mientras el alimento de la caravana de John comenzaba a disminuirse, y aún no hallaban pueblo alguno en medio de esa desértica planicie. Habían visto algunos armadillos peludos, guanacos y ñandúes. Esta vez John confundió a un ñandú con una jirafa, como en Angola el traidor les hiciera creer que la jirafa que habían visto era una avestruz americana. No obstante este delirio de John se debía a su fiebre. Siempre fue un hombre enfermizo, desde niño, todos los años sufría de sus típicas fiebres, pero esta vez, el calor de la Patagonia de día, y los fríos de la noche, provocaron un cambio brusco en la temperatura.

            Steveson, uno de los hombres sobrevivientes había fallecido a causa del congelamiento durante la noche anterior. Todos intentaban cuidar al capitán, que con su fiebre necesitaba de mucho más cuidado que el resto. Se ocultaron de una fuerte lluvia en una cueva de la gran meseta de la Patagonia, donde lograron hallar algunas ramas secas y prender una fogata para no morir de hipotermia.

            Al día siguiente partieron nuevamente al interior. Dos hombres decidieron sublevarse, no deseaban seguir adelante, preferían volver a la playa, donde deberían estar buscándolos. John decide dejarlos ir, aunque Powel había asumido la capitanía de la expedición. El joven Weldon sabía que  su mando sobre ellos ya no se extendía en tierra, y les entregó un barril de agua y un poco del escaso alimento que le quedaban, para su viaje de regreso. 

            John Weldon, Patrick Powel y Bernard Jefferson, siguieron su camino. Jefferson era el más fuerte, y él se dedicó de cargar a John, que era muy delgado y débil, pero de carácter fuerte y un espíritu irreductible.

            Era el trece de junio, y el Sr. Weldon logró ubicar al capitán Sand; estaba en la Isla de Madagascar, en la sepultura de sus amigos Austin y Acteón, quienes tras sobrevivir a la venta de esclavos de Negoro en Angola, hace treinta años, fueron comprados por el Sr. Weldon y llevados de regreso a California, donde siguieron bajo el mando del capitán Sand, quien ordenó enterrarlos en su tierra natal cuando fallecieron en La India. El telegrama que llegó a manos de Dick lo asustó muchísimo. Ordenó al contramaestre Bat; un negro, hijo de Acteón, que nació en libertad en Norteamérica, y sobrevivió a la travesía en Angola; que subieran todo el alimento necesario inmediatamente al barco de Sand, para poder zarpar rumbo a la antártica a buscar a su amigo John Weldon.

 

            Bajó a tierra a enviar un telegrama al Sr. Weldon, para que se tranquilice sabiendo que van en camino a buscar a John al continente blanco.